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La píldora de este mes trae la fórmula magistral de la compasión por mí mismo.


Es inherente al ser humano darse cuenta de cuándo otro está sufriendo y sentir deseos de ayudar. Sí, aunque a veces pensemos que somos egoístas, que vamos a lo nuestro, en el fondo hay un poso de amor, de reconocimiento de que todos vamos en el mismo barco, de que somos una especie animal que no solo se caracteriza por la racionalidad sino también por la capacidad de sentir compasión.
Lo curioso es que nos resulta más fácil sentir compasión por otros que por nosotros mismos. Nuestras tradiciones culturales y religiosas, la educación familiar y el mundo competitivo en el que nos hemos criado no nos permiten sentir autocompasión. A veces pensamos que puede ser un síntoma de debilidad y que evitarla nos ayuda a ser más fuertes y más perfectos. Otras veces, sentimos que no la merecemos.


Un par de preguntas:


¿De quién te fías más, de una persona muy competente o de una persona muy amable? Normalmente confiamos más en las personas que demuestran amabilidad y empatía, que en aquéllas que lo hacen todo muy bien.
¿Te ha ido bien o muy bien siendo muy competente y centrándote en hacerlo todo a la perfección? Si es así ¡enhorabuena! Porque no suele ser lo habitual.
La autocompasión no es lástima ni hacerme de menos. Es darme el espacio para escuchar mis necesidades y encontrar una manera de satisfacerlas. Y antes que nada, ser amable. La amabilidad es la primera actitud a desarrollar. Me ayuda a hacer lo que puedo, de la mejor manera posible, para sentirme bien en este momento. En ESTE momento.
Es importante también sentir que pertenezco a una comunidad humana. 
Si te preguntasen si eres un ser humano, contestarías que por supuesto lo eres. Si te preguntasen si sufren otras personas, también contestarías que sí. Pero ¿qué sucede cuando explotas en el trabajo? ¿Cuando alguien te rechaza? ¿Cuando algo muy malo ha sucedido en tu vida? El primer pensamiento suele ser “¿por qué a mí?” Siento que soy la única persona que se siente mal, la única que está pasando por esta situación. Y en ese momento empiezo a sentirme aislado de los demás. Pienso que cuando las cosas van mal no es normal, algo no ha funcionado. Pero realmente ¿ha dejado de funcionar algo? ¿hay algo raro? No. Así es la vida. A veces las cosas van mal. Ninguno hemos firmado un contrato antes de nacer diciendo que voy a ser perfecto, que mi vida será perfecta. “Esta no es la vida que quise tener. Y no quiero que sea así”.
Y el problema es que empiezo a aislarme de los demás. Me siento diferente y es una de las peores cosas que me pueden pasar: Estar aislado. Porque no me sentiré seguro ni amado. Y así se destruye uno de los pilares del bienestar.¿Nos sentimos conectados con los demás en nuestro sufrimiento o nos sentimos aislados? Es importante darnos cuenta de que no se trata sólo de mí, no solo soy yo quien se juzga, no soy el único que sufre de esta manera. El sufrimiento es una experiencia humana y así son las cosas. Nada ha ido mal, es doloroso, pero es natural. Hay que reconocer que la vida es imperfecta (¡nosotros también!).
Y es aquí donde cobra importancia la atención plena. Me ayuda a reconocer lo que está pasando sin identificarme – sobreidentificarme – con ello. No tratar de suprimir o huir de los sentimientos dolorosos. Permitirme “estar” con ellos tal y como son.
El día a día muchas veces no nos deja espacio para darnos cuenta de que estamos sufriendo. No es tan obvio como parece. Por ejemplo, te olvidas del dolor que te causa el sentimiento de culpa y el estar constantemente juzgándote. Son dolores muy fuertes, pero ya te has acostumbrado. 
Date cuenta de tu sufrimiento para poder ofrecerte compasión y luego, acéptalo tal y como es. “Está apareciendo el dolor. ¿Puedo aceptarlo? ¿Puedo reconciliarme con él?”
Y mientras reflexiono sobre esto, aparece seguro la molesta voz del crítico interno. Y lo malo es que tiene razón. Ese crítico es el que sabe que yo “la he fastidiado” y no me permite prestar atención a esa parte que se siente vulnerable e insegura. Puedo intentar ser amable con esa voz. ¡Claro que tengo que solucionar las cosas, pero puedo permitirme unos instantes para reconocer y aceptar la dificultad de la situación!


La píldora de este mes se toma:
 ⁃ En los ratos que busque para conectar con mis anhelos de paz, de plenitud, de sentido vital. Me va a ayudar a reconocerlos como parte de mí y a darme permiso para hacer algo que satisfaga esas necesidades fundamentales de mi vida.
 ⁃ Cuando me pare a reconocer y apreciar las alegrías sencillas y cotidianas del día a día mientras me doy permiso y ánimo para disfrutar de ellas.
 – Por la noche puedo tomarla pensando en tres cosas por las que sentirme agradecido.

“Si tu compasión no te incluye a ti mismo, es incompleta”

(Buda)

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